No más miedo

17 May

Salir con alguien del mismo sexo es muy parecido a salir con alguien del sexo opuesto: discutimos sobre dónde ir a cenar, cuándo conocer a la familia o dónde queremos pasar el tiempo juntos. La diferencia es, que en Querétaro, estas y otras discusiones triviales están ensombrecidas, para las parejas del mismo sexo, por el miedo.

Miedo de que en ese restaurante tan bonito donde sirven esa comida tan rica, el mesero nos lleve la cuenta antes de terminar de comer cuando descubra que nos tomamos la mano sobre la mesa. Miedo de que algún comensal haga alguna escena. Miedo de que nuestros padres se enteren y, si lo saben, miedo de su rechazo, de sus propios miedos a que otros nos rechacen, nos insulten, nos hagan algo. Miedo a tomarnos de la mano de la calle, ya no digamos de besarnos. Miedo a que las miradas y los insultos pasen a más, que alguna vez no sólo sea “pinches lenchas”, sino algo más.

Como cualquiera que haya estado en una relación, tenemos miedo de que nos rompan el corazón. Pero, además, tenemos miedo de que por querernos y amarnos, alguien más decida discriminarnos, humillarnos, insultarnos, agredirnos…

Agradezco infinitamente a todos mis amigos, colegas, profesores y hasta a las meseras de Las águilas por siempre hacerme sentir libre y segura en su compañía. A mi madre , que siempre me ha hecho sentir a salvo en casa.

Precisamente porque jamás me ha condicionado su cariño y ha respetado todas mis decisiones, me parte inmensamente el alma verla angustiada cada que salgo de casa a una cita.

“Ale, tengan cuidado. Ya sabes cómo es la gente”.

 

NO MÁS MIEDO. NO MÁS VIOLENCIA. NO MÁS HOMOFOBIA.

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Votar por el que no es ya sabes quién

2 May

En las últimas semanas, una y otra vez he escuchado decir entre amigos, conocidos y familiares que “¿cómo es posible que alguien vaya a votar por López Obrador?”, que “los seguidores de AMLO son unos ignorantes”, que “nos vamos a convertir en Venezuela” y que “López Obrador es un viejo loco ignorante”. Casi todas las personas a las que he oído decir estas cosas van a votar por Anaya (apenas un par por Meade), pero de entre todas ellas aún no he escuchado a nadie hablar positivamente de su candidato. Incluso entre panistas de toda la vida, la decisión de votar por Anaya parece que se hace a regañadientes, motivada casi exclusivamente por el hecho de que no es AMLO.

 Sé que esto no es así entre todos los que votarán por Anaya, sé que hay gente que encuentra en el proyecto de Anaya una alternativa interesante y sensata. Pero es innegable que para muchos votantes, el mayor mérito de Anaya es simplemente no ser López Obrador. En las pláticas de sobremesa, una vez oí decir que alguien iba a votar por Anaya porque estaba hecho con semen charro y ese es el argumento más a favor de Anaya que he escuchado hasta ahora.

Aunque es cierto que en nuestro país, las elecciones casi siempre nos ponen a escoger entre males menores o peores, el hecho de que Anaya no cuente entre mucha gente con un apoyo informado y sincero (es mi percepción, ojalá me equivoque), implicará que en caso de ganar no cuente tampoco con la legitimidad necesaria. Y ya sabemos lo que pasa cuando los gobernantes se ven en el apuro de tratar de ganar legitimidad.

Es preocupante también que las discusiones estén tan centradas en AMLO porque, aunque es el más probable ganador, aún la elección no está decidida y si Anaya gana, no estaremos tan familiarizados con el proyecto de este como para verdaderamente poder exigirle cuentas una vez en el poder.

Lo que quiero decir entonces es: está bien si no quieren votar por yasabenquién, pero fíjense por quién sí van a votar. Es cierto que votar por alguien, no impide estar en desacuerdo con algunos o muchos puntos de su proyecto, pero sí debería significar la coincidencia con el proyecto general del candidato por quien votas.

Sé que da un poco de hueva, pero para eso hay que informarse.

 

Un sentido de frivolidad

20 Dic

Antes de tener 20, pero después de entrar a la universidad, parecía que la vida iba ser triste para siempre. Había pasado malos momentos antes, pero ninguno que pareciera permanente. Sentía que nunca saldríamos adelante. Ni mi madre ni yo. Mucho menos yo. Si mi madre, que antes siempre me había parecido el ser más fuerte de la tierra de pronto se veía tan empequeñecida, yo sentía que era apenas nada. Insignificante.

Durante aquel tiempo, salía todos los domingos de casa de mi abuela rumbo a la parada del camión. Puedo contar con los dedos de las manos las veces que había tomado transporte público antes de aquella época: no porque antes fuera rica (en mi familia nunca hemos tenido auto), sino porque nunca había tenido que desplazarme fuera de los confines de mi pequeño territorio sin la ayuda de nadie. Aventurarme sola por el mundo –o al menos fuera de mi casa doblemente materna– parecía una hazaña demasiado difícil justo ahora que me sentía tan perdida.

Así que el camión era nuevo para mí. No era tan malo. Con el tiempo le agarré el gusto. Lo malo, lo que recuerdo con pesar, era el tener que permanecer de pie aguardando el camión. A veces por más de media hora, con las maletas en el piso. Recuerdo también con pesar las incómodas conversaciones con mi madre: la mitad del tiempo estábamos intentando no llorar o, por el contrario, no pelear. El camión llegaba y era un alivio, pero también una pena porque no quería dejar sola a mi madre ahora que comenzaba a adivinar que a lo mejor ella podía necesitar de mí. De cualquier manera, me tenía que ir. Siempre.

El trayecto era agradable. Yo casi siempre disfruto los trayectos. De eso les hablaré otro día. Al aproximarme a mi destino, el melodrama continuaba. Debía levantarme de mi asiento, de nuevo en transporte público, y avanzar hasta la puerta siempre con el penoso miedo de caerme con todo y maletas. No piensen que no me avergüenzo de decir estas cosas o contarlas como si fueran una tragedia, pero en verdad lo eran para la Alejandra de menos de 20 pero ya universitaria. Recuerdo sentirme frágil y diminuta de un modo que nunca he vuelto a experimentar. Lo sentía físicamente. Si siempre he creído que soy flaquísima y debilucha, en ese entonces pensaba que era tan delgada como una hoja de papel. Si te cruzabas conmigo en la calle, tenías que tener cuidado de no romperme.

Por seis años toda esa rutina se repitió. Por seis años hice el mismo camino. Como es de esperarse, en algún punto antes de los 20 todo aquello dejó de parecer un drama. A lo mejor dejé de temerle a los camiones después de que me atropellaran precisamente cuando bajaba de uno (¿ven? Todo era una tragedia). Con el tiempo todo eso se hizo soportable y hasta lo disfrutaba. A veces me pregunto que será del chófer que manejaba la 8 los domingos después de las 4 de la tarde. Tenía el look de un Don Draper venido a menos. Prometo otro día venir a hablar de él. Lo cierto es que nunca me acabó gustando esperar con mi madre el camión, siempre en la misma triste parada y, por eso, desde hace tres años deliberadamente evito esperar en esa parada, aunque sea la más cercana a mi casa.

Sigamos con la tragedia. Alejandra, trístima, llega al fin a casa. A su otra casa. Después de los 20, su casa, su hotel. ¿Qué nuevos dramas la esperan? No lo sé. Llegados a este punto del domingo, las cosas comienzan a mejorar bastante.

No todos los domingos, pero sí algunos, salía de casa después de desempacar e iba a un negocio junto a la Comercial a comprar un poco de felicidad. Y no, no era una licorería a donde iba –aunque también hubo de eso-. El dinero entonces era escaso. Muy escaso. Antes no sé bien ni cómo era: no pensaba en ello. No era mi problema. Ahora pensaba en él todo el tiempo. Hay pocas cosas más desmoralizantes que ver a tu madre pelearse con la calculadora casi hasta las lágrimas. Y, sin embargo, ahí estaba: feliz y dichosa de obsequiarme un lujito. Iba hasta una tienda de esas de bisutería que tanto abundan últimamente y compraba un barniz de uñas. Uno pequeñito, claro, para que la culpabilidad no amargara el momento.

Pasaba varios minutos examinando cada frasco, deleitándome con todos los colores, imaginando lo dichosa que sería cuando los tuviera todos. Todos. Recuerdo que después de pagar me daban el barniz en una bolsa de papel también pequeñita. Recuerdo también que por mucho tiempo las guardé todas. No mentiré, a veces todo esto no era tan satisfactorio como lo estoy contando. A veces miraba los barnices y me daba cuenta de que eran todos de colores muy parecidos a los que ya tenía –como si de pronto los colores del mundo se hubieran ya agotado– o, simple y sencillamente, muy feos. A veces en la tienda el color parecía bonito y al llegar a casa descubría que en realidad era horrible o dejaba muchas plastas. A veces no había dinero para comprar uno nuevo.

Lo cierto es que con compra satisfactoria o sin ella, los domingos a las 5 solía encender la televisión y disponer sobre la mesa blanca de mi hotel el barniz de mi elección, uno más para el brillo y la lima de uñas. Veía alguna película empezada o los pedazos de varias. Muchas veces Harry Potter: no es mi culpa que las repitan tanto. Me limaba las uñas con esmero y a veces probaba nuevas formas con buenos o malos resultados. Aplicaba la primera capa de barniz temiendo muchas veces que el color no fuera a mejorar con la segunda capa, pero casi siempre lo hacía. Me deleitaba con el olor del barniz –y ustedes pensaban que era una aburrida por comprar esto en vez de alcohol–. Esperaba eternidades para aplicar el brillo. Lo hacía todo con sumo cuidado: corregía las imperfecciones y admiraba con orgullo mi obra. Mientras la película en turno llegaba a su final, colocaba las manos extendidas sobre la mesa, temerosa de arruinarlas con cualquier roce o movimiento. A veces, esto es importante, me miraba en el espejo haciendo ademanes con las manos. No se lo digan a nadie.

Durante el tiempo en que todo esto pasaba, no era precisamente feliz, pero al menos no era la frágil hoja de papel que un día sería atropellada por una moto al bajar del camión. Era, al menos, una tonta muchacha de menos de 20, pero ya universitaria, que se preocupa por no estropearse una uña. Este muy necesario sentido de la frivolidad se extendía finamente a lo largo de toda la semana. A veces alguien elogiaba mis uñas o yo misma me sorprendía en clase contemplando estúpidamente mis manos como si, de pronto, me estuviera enamorando perdidamente de mi misma. Es cierto que, de algún modo, antes de los 20, me sentía ya del todo conquistada.

Hacia el final de la semana, el encanto iba resquebrajándose. Inevitablemente alguna que otra uña comenzaba a despintarse. Para cuando llegaba el sábado y, con él, yo de regreso en la casa de mi abuela, quedaba poco más que unos descuidados trozos de pintura sobre unas uñas algo irregulares. Para complacer a mi madre que no soportaba que fuera a misa con las manos de una tortillera (¿?), los sábados por la noche me despintaba afanosamente cada uña. Comienzo a sospechar que mi descuido se le figuraba a mi madre una evidencia más de nuestra precaria situación. El domingo, sin embargo, al menos por espacio de hora y media, yo me sentía deliciosamente frívola, derrochadora y atrevida mientras modelaba frente al espejo mis uñas pintadas de colores extraños.

 

November rain y la angustia

19 Oct

Cuando algo me angustia, lo escribo.

No me limito a anotar en un par de frases aquello que me preocupa, sino que prácticamente me escribo a mí misma cartas enteras en las que relato toda la situación: el problema –a veces tan sólo potencial-, los escenarios que he contemplado al respecto, las distintas formas en que creo que puedo actuar para resolverlo –no importa si está fuera de mis manos-, las reacciones de otras personas, las consecuencias que, de no resolverse, este problema podría traer –y casi siempre concluyo que no va a resolverse- y, siempre, al inicio o al final de cada texto, hay una descripción extensa y detallada de mi angustia: dolores de cabeza, de espalda, de estómago; incapacidad para concentrarme en otros asuntos –incluso si también son preocupantes-; problemas para conectar con las pequeñas cosas del día a día –las pláticas informales, los libros, las películas, la escuela- y, sobre todo, la agobiante certeza de que me estoy preocupando de más, lo cual, por supuesto, aumenta mi angustia.

Aunque es cierto que estas anotaciones me sirven para despejar mi mente al momento de escribirlas y a poner las cosas en perspectiva, con el tiempo su verdadera finalidad ha sido la de enseñarme que una y otra vez he conseguido salir adelante de las pequeñas y grandes crisis. Mi mantra personal a los 15 años, aunque cliché, me ayudaba bastante: Nothing lasts forever, even cold November rain. ¿Si la lluvia de Noviembre termina, por qué esto no? Releer sobre angustias pasadas me ayuda a recordar que por inmensos que parezcan los problemas, estos de alguna manera se disolverán. No siempre se han resuelto de buena manera, pero al final se resuelven. Otro cliché: No hay mal que dure cien años.

Algunos textos incluso me arrancan risas. Es en verdad hilarante la clase de cosas por las que una niña de 13 cree que el mundo se va a acabar. Esto me genera un alivio pasajero: al menos ahora me preocupo por cosas más importantes, ¿no? Pero claro, es pasajero porque realmente es injusto juzgar a una niña de 13 años por su reacción ante pequeños problemas cuando ella misma es pequeña. Si hoy me ocupo de problemas más grandes es tan sólo porque yo misma soy mayor. No se trata en realidad de ningún mérito.

Así pues, a 12 años de distancia de esa niña de secundaria, en medio de una nueva crisis, comienzo a preguntarme –al releer los textos de ella y otros de otras Alejandra más recientes- si estas anotaciones no reflejan más bien un patrón preocupante que he decidido por mucho tiempo ignorar bajo la consigna de que ya pasará. Y es que si bien son la prueba de que todas las crisis son pasajeras, también lo son de que en más de 12 años no he dejado de tener crisis. ¿Algún día esto se acabará?

Porque, claro, es cierto que conforme crezco aprendo a lidiar mejor con algunas cosas, pero también que siempre aparecen nuevos obstáculos en el camino. Crezco tan sólo lo suficiente para sobrevivir cada crisis, pero no como para dejar de sentir que se trata de una crisis, de un momento horrible y angustiante. Aprendo a sobrevivir, pero no a dejar de angustiarme. No parece que algún día lo vaya a aprender.

No creo que sea cuando cumpla 30, si eso ya está a la vuelta de la esquina y tan sólo este año he llorado casi cada tercer día –ha sido, en verdad, un año especialmente crítico-. No creo tampoco que lo sea a los 40 y tantos, donde además voy a tener la menopausia. ¿A los 60? ¿Me angustiaré entonces por la imposibilidad de jubilarme o, por el contrario, por la perspectiva de pasar el resto de mis días sin el impulso que siempre me ha ofrecido la cotidianeidad del trabajo? Repito, ¿algún día esto se acabará? Algún día, como a otros, ¿todo podrá valerme madres?

Me enoja la gente –irresponsable, vaga, holgazana, conchuda- que deja todo para el último momento, que llega tarde, que promete cosas que no cumple, que no tiene miedo a fallar porque fallar para ellos es la norma. Me enoja la gente que no vive angustiada como yo. Me enoja porque me hacen morirme de envidia.

Pero quizá soy injusta. Quizá soy injusta con ellos y conmigo. Es cierto que no me angustio por TODO, que mi angustia es selectiva y que quizá la holgazanería de los otros también lo sea, que quizá les preocupan cosas de las que yo nunca me entero.

Es probable, incluso, que vivan con esta angustia acuciante todos los días y que padezcan el combo completo y hasta más: los dolores, el llanto, las ganas de gritar… ¿eso debe hacerme sentir mejor?

Alejandra de 60 años que estás leyendo esto: Jubilada o no, de alguna manera lo vas a resolver. A los 15 años ya lo sabías: Nothing lasts forever, even cold November rain.

De madres entregadas e hijas perfectas

9 May

La entrada de este año es bien distinta a la del anterior. No pretendo engañar a nadie: continúo atrapada en ese agobiante matriarcado de la flacura que no pierde oportunidad para hacer de cualquier cuestión referente al aspecto personal un asunto de vida o muerta. Sigo creyendo que las madres y las abuelas, pese a sus buenas intenciones, ya sea en el plano de la apariencia física o en cualquier otro, pueden ser tremendamente crueles y que, en cierta medida, aunque reneguemos de ello, estamos destinados a repetir muchas de esas prácticas.

Pero hoy no vengo a hablar de eso. Ni tampoco de mi abuela, ni mucho menos de la madre de ella. Hoy sólo se trata de mi mamá y yo. En el matriarcado de la flacura iniciaba el último capítulo con una desconcertante anotación: que no sabía nada o casi nada de la vida de mi madre; que, aunque conocía la cronología de su vida, ignoraba sus motivaciones, sueños y aspiraciones. No obstante, había una cosa de la que me jactaba conocer y era el hecho de que ella siempre había deseado ser madre. Me entristecía ya entonces descubrir que no sabía casi nada de mi madre que no fuera en relación conmigo. ¿Quién era ella?

La idea de que yo, en mi calidad de hija, daba sentido a la vida de mi madre fue, y es aún, una increíble carga. No se trata de cualquier cosa, ¡la alegría y la realización de mi madre reposaban todas sobre mis hombros! A la exigencia de mi madre de ser la hija perfecta, yo respondí demandando una total entrega. Alejandra, todo lo hago por ti. Mamá, ayúdame a lograr todo para mí.

Mi madre nunca quiso una hija abnegada. Quería una hija fuerte, inflexible, fría y exitosa. Aunque ello no me ha impedido llorar en el hombro de mi madre, las lágrimas siempre han sido vistas como un fracaso. El problema es que a veces me sentía increíblemente débil y perdida en el mundo y mi madre parecía bastante decepcionada –o acaso más bien preocupada por ello, como si algo hubiera hecho mal-. Por otra parte, perdida o no el mundo, consideré siempre que mis batallas eran también de mi madre, aunque esta fuera más bien un general bastante estricto. Esto, por supuesto, tenía perfecto sentido, ¿no decía acaso todo el tiempo que era lo más importante que tenía en la vida?

Nunca me detuve a pensar en lo injusto de todo aquello. ¿No se nos dice siempre que lo más importante para una madre son los hijos? Y sí, en el festival de las madres uno eleva alabanzas para ellas, pero el total embelesamiento con el que nos miran hacerlo evidencia, se nos dice, su completo amor y entrega. Cuando una mujer dice no estar interesada en tener hijos, ¿no se le sugiere que tenerlos le dará un propósito a su vida? Al presionar a una mujer a tener hijos, también se presiona a los hijos a ser egoístas.

****

Mi madre se enfermó. Se enfermó hace algunos años. Lo que escribo ahora no es producto de su diagnóstico. Durante ese tiempo, sobre todo durante el segundo año de esa enfermedad, que no era ni discapacitante ni nada por el estilo, me sentí profundamente frustrada contra ella por “no hacer nada” para curarse o por no cuidar de sí misma. Lo que en verdad me molestaba, obviamente, era que mi madre ahora fuera una de esas madres ausentes que regañan a los hijos por llegar tarde (y a las hijas por no vestirse bien para ir a misa), pero que no se preocupan por sus intereses o pasiones.

Me sentía insultada cuando llegaba a casa los fines de semana y mi madre no escuchaba con interés mis historias. Me sentía francamente alarmada cuando al contarle un problema ella sólo concluía que “no sabía qué decirme”. Me preguntaba si esa inusitada apatía se debía en verdad a ese malestar que los doctores decían que no era crónico, pero quizás sí lo era; o si a que mi madre simplemente había decidido pasar de mí y dejarme a que me las arreglara como pudiera.

Claro que eso último no era tan así: mi madre siguió apoyándome entonces de infinitas maneras, pero yo no podía evitar compararla con las madres de esas amigas mías que seguían protegiéndolas (aunque también regañándolas) con la misma ferocidad con la que se nos promete que las madres lo harán durante toda su vida.

Mi madre después enfermó más. Y aunque mi primer pensamiento fue: ¿qué voy a hacer sin mi mamá? Después de verla en el hospital por primera vez, el segundo pensamiento fue: ¿qué puedo hacer por mi mamá? No voy a mentir, el primer pensamiento me motivó la mayoría de las veces. Es muy difícil dejar de creer que uno es el centro del mundo; pero después de la enfermedad, vino la recuperación y todo en nuestra relación cambió. Al principio supuse que mis sospechas habían sido ciertas y que mi madre se había comportado de manera tan apática los últimos años porque su enfermedad había sido mucho más grave de lo pensado, y que dado que ahora se curaba, todo volvía a la normalidad. Pero no, las cosas no volvieron a la normalidad.

Durante el breve tiempo que pasé cuidando de ella tras su salida del hospital, disfruté ocupándome de las tareas del hogar que siempre me habían sido desconocidas. Nunca me habían enseñado a hacerlas porque tanto mi madre como mi abuela esperaban que nunca me tuviera que ocupar de ellas para dedicarme a estudiar -en cierta medida, fui el varón de la casa-. Y sin embargo, ahí estaba, cocinando, lavando trastes, regando plantas, trapeando los pisos, pagando las cuentas y verificando el horario de las medicinas.

Comprobé que como dicta el discurso popular, hacer todas estas cosas casi no pesa cuando se hacen por alguien que quieres, pero imaginé también con profunda vergüenza que por poco que fuera el peso, tras más de 20 años de hacerlas, estas tienen que terminar pesando muchísimo. Y eso que sólo eran las actividades físicas… si limpiar los vidrios de las ventanas puede ser cansado, no me quiero imaginar lo que debe ser aguantar los berrinches de una adolescente que cree que todas sus amigas se quieren suicidar.

Desde entonces he comprendido que todas las cosas que mi madre ha hecho por mí -muchas de ellas, excesivas; otras, no tanto- debo apreciarlas en la medida en que ella decidió hacerlas por mí. Que no hay una especie de programación genética dentro de mi madre que la obliga y compromete a atenderme todos y cada uno de los días de mi vida. Es más, comprendo que ni siquiera la compromete a quererme, a vivir eternamente para cuidar de mi o al menos para regañarme.

Veo también, por otro lado, que mi madre también entiende cada vez más que mis decisiones a veces pueden no encajar en lo que ella imaginó sería su hija perfecta y que definitivamente no estoy programada genéticamente para complacerla y atender a todos sus consejos. Mi madre y yo ahora conversamos, discutimos mis problemas en la maestría pero también sus batallas con los doctores, intercambiamos opiniones sobre las series que nos recomendamos e incluso compartimos confidencias.

Por supuesto eso no es así todo el tiempo y a veces ni siquiera la mayoría de este. Aún hay días enteros en que parece que vuelvo a ser el centro de nuestro pequeño mundo y todo son regaños (¿Por qué gastas tu dinero en tonterías? ¡No entiendo por qué no puedes darme el gusto de peinarte como yo te digo!) y reclamos (¿Por qué nunca me entiendes? ¡Ayúdame a pensar qué hacer!), pero me esperanza la idea de que quizá podamos mantener una relación más saludable la gran parte del tiempo o al menos en los momentos importantes.

Me gustaría empezar a desconocer a mi madre y sentarme a conversar con Maricarmen. Es casi una completa desconocida para mí, pero me ha dado tanto.

Taxi naranja. Comida rápida de fin de año, milagros navideños y mentadas de madre

5 Ene

Último día del año en un Burger King a la orilla de la carretera. Tres y cuarto de la tarde. No hay mucha gente: algunas familias que están de camino a otra parte y un hombre que habla consigo mismo. Me entregan mi orden (tres hamburguesas con sus respectivos refrescos y papas) y casi no logro ingeniármelas para abrir la puerta y salir. El calor me golpea. Es pleno invierno, pero estamos a 27 grados y no hay nube que oculte el sol. Me dirijo a la parada sabiendo ya que no tomaré ningún camión pues, aunque mi plan inicial era ese, jamás conseguiré sacar el dinero y subir sin tirar todos los refrescos. O quizá sí, con un poco de inventiva y esfuerzo, pero también es cierto que no tengo muchas ganas de caminar.

Mi nuevo plan de tomar taxi no comienza marchando muy bien. Es mala hora y mal día. Varios taxistas se rehúsan a llevarme pues ya van a entregar los autos y otros vienen llenos desde la terminal de autobuses con todos esos que han llegado a San Juan para pasar Año Nuevo. Tras 15 minutos de espera, durante los cuales, hay que decirlo, tampoco pasa ningún camión, finalmente logro subir a uno.

─Esas papitas huelen muy rico─ dice el taxista nomás cerrar la puerta del carro.

─Sí, ¿verdad?─murmuro sin mucha convicción, aunque sí, sí huelen muy ricas, porque empiezo a temer que este vaya a ser uno de esos viajes incómodos sobre el que escribir una historia que roza lo desagradable. La paranoia se activa en mí mientras acomodo la bolsa con las papas y las hamburguesas sobre el asiento (¿lo habré dejado manchado de grasa?) y coloco dos de los vasos de refresco entre mis piernas. Sostengo el tercer vaso en la mano.

─¿A dónde la voy a llevar?

Es un hombre de no menos de 70 años. Lleva una camiseta blanca de manga corta, un rosario rojo a modo de collar y ningún anillo en las manos. Usa unos lentes anchos de pasta gruesa. No ha perdido cabello, pero lo tiene completamente blanco, sin ningún asomo de gris. Me encuentro tentada a preguntarle si se lo pinta, recordando que durante un tiempo mi abuela lo hacía, pero en cambio le digo la dirección de mi casa.

─¿Lista para festejar el año nuevo?

─Sí, más o menos─ respondo. El taxista ríe. Me siento delatada por el olor de mis papas a la francesa. Nadie que compre comida rápida el último día del año se prepara para una gran cena. A menos que estés en un largo viaje de carretera hacia casa de algún familiar o que seas un hombre que habla consigo mismo o, en este caso, que seas yo. Desde que entré a la secundaria no he asistido a ninguna cena de fin de año. Tan normalizado está el día en mi familia que nos pareció una buena opción comer hamburguesas. Me siento avergonzada por mis compras hasta que el taxista me cuenta sus planes para esta noche.

─Yo también, ya compré hace rato unas medias noches. Nada más vamos a ser mi pareja y yo, con unos hotdogs vamos a tener. ¿Para qué más? Nomás es puro gasto.

─Eso que ni qué

─Pero siempre hay que hacer algo, aunque sea chiquito, ¿no cree? Hay que hacerle tantito a la faramalla─se ríe y río con él. Después continúa hablando. Para este momento, la paranoia se ha esfumado. He comprendido que este será uno de esos viajes en que al pasajero le toca hacerla de psicoterapeuta: ─En Navidad fue diferente. Me sorprendieron mis hijas. De veras que me sorprendieron. Yo soy divorciado y las cosas acabaron mal. Hubo mucho pleito, mucho rencor. Las hijas se las quedó mi esposa. Me visitan y eso, pero están con su mamá. Ah, pero vino la sorpresa.

─¿Y eso cómo estuvo?

─Ah, pues, haga de cuenta que igualito que hoy. Yo ya había ido por las medias noches y a las seis entregué el taxi. Pasé por mi pareja y nos venimos al centro un rato a dar la vuelta. Así, tranquilo, pa distraernos un rato. Total que me llaman mis hijas, ¿qué pasó, papá?, ¿dónde andas? No, pues en el centro. No, papá, vente para la casa, acá te estamos esperando para el abrazo. Ta bueno, pues. Y ya, nos fuimos para allá y ahí estaban y ya platicamos un rato y ya más tarde me dice una: Oye, papá, ¿y qué van a cenar? Ah, pues unos hotdogs. ¿Hotdogs? ¿Cómo que hotdogs? No, papá, hay cenar bien, es Navidad. Y, uy, cuál va siendo mi sorpresa, que traían un pavote. ¡Un pavote! Pero deje usted, el pavo… ¡se quedaron ellas a cenar! Les pregunté que qué poníamos nosotros y mi otra hija dijo, ay, papá, ustedes nomás pongan el hambre. Uh, no, viera qué sorpresa. Y además también llevaron carnitas. Estuvo de veras a todo dar. De esas cosas que uno recuerda bien contento.

─No, pues cómo no, señor. Siempre es bueno volver a ver a la familia─digo en una especie de frase hecha, pero estoy sinceramente conmovida. El taxista voltea hacia mí y sonríe mostrando una dentadura algo amarillenta pero muy derecha.

Tomamos Juárez y comenta que hay mucho tráfico porque la gente va a Galerías.

─Yo de veras no entiendo esa maña de la gente de ir a las tiendas siempre en estos días, si con tanta gente ni se disfrutan, pero bueno. Cada quien, ¿verdad?

─Será que otro día no pueden─ aventuro.

─Jajajaja, hasta cree, para gastar siempre hay tiempo. A lo mejor lo que no hay es dinero.

─¿Sí, verdad?

En el semáforo de Juárez e Hidalgo quedamos junto a otro taxi. La mujer que lo conduce, una señora de la edad de mi madre y con un corte de pelo bastante similar, saluda a mi taxista. (¿Mi taxista? Quizá sólo deba decir “el taxista”, pero suena vago y se presta a confusión. Pero el “mi” suena demasiado posesivo, como si con los pesos que al final de trayecto pagaré hubiera comprado también la temporal posesión del taxista.) Detrás del taxi de la mujer con el corte de pelo parecido al de mi madre, una rubia que conduce un carro rojo cuya marca desconozco pero que sin duda parece muy caro, habla muy alto por teléfono sobre unas cosas que su marido olvidó comprar. Justo unos segundos antes de que el semáforo cambie a verde, la taxista pide permiso a mi chófer para atravesársele y cruzar la glorieta en dirección a la central de autobuses.

─Pásale, Carmen─ grita de buen grado mi taxista. Mientras Carmen (que lleva el mismo nombre que mi madre) pasa frente a nosotros y le agradece a mi taxista con una sonrisa y el clásico levantamiento de la mano en posición vertical, la mujer del carro costoso pierde el control.

─¡Pásale tu pinche madre!─vocifera. Ahora que se ha puesto a nuestra altura, observo mejor a la rubia. Treinta y tantos, quizá cuarenta. Lentes de sol, blusa blanca. Parece Rebeca de Alba ─¡Vieja cabrona!─continúa mientras saca la cabeza por la ventanilla antes de arrancar. No lleva maquillaje, pero seguro para la medianoche parecerá sacada de la portada de una revista. En cierta medida, así luciría ahora…si no fuera porque tiene el rostro colmado por la ira.

─¡Pendeja!─el grito llama mi atención un poco más atrás. En el asiento trasero dos niñas rubias, tan rebecadealbesas como su madre, se pegan a la ventanilla. La más alta ha sido quien ha gritado. No debe tener más de 10 años; la otra, algo más pequeña, hace la señal del dedo. La Rebeca de Alba mamá arranca forzando el motor y da vuelta en Hidalgo a toda velocidad hacia el mercado. O al menos con toda la velocidad que puede: a media cuadra, el tráfico la hace detenerse de nuevo.

Nosotros continuamos nuestro camino sobre Juárez. El taxista ríe.

─Cómo hay gente que se altera, ¿verdad?

─Bastante─ afirmo, aun tratando de comprender a qué se debió tal arranque de ira. Quizá en su maniobra, la taxista Carmen hizo perder a la Rebeca de Alba preciosos segundos de tiempo que ella debía emplear en resolver las torpezas de su marido. O quizá tenían pleito desde antes. O quizá simplemente, como dijo el taxista, hay gente que se altera. Esas niñas seguro llevaban vidas muy alteradas. Luego de dar un sorbo a mi refresco, estuve a punto de hacer el comentario típico de una señora persignada: “Uno como quiera, ¿pero y las criaturas?”. Sin embargo, no hubo tiempo: mi taxista siguió hablando.

─Bien dicen que el estrés es la enfermedad del siglo XXI. Yo era así antes, como esa señora. Uh, no, peor, ¡la de mentadas de madre que soltaba a diario! Yo creo por ese genio que me cargaba hasta me dejó la señora. Sí, yo era así. Siempre he trabajado en esto, así que ya se imaginará. Diario hacía corajes. Pero… ¿qué será? Hace unos ocho años me enfermé.  El doctor me dijo: mire, usted lo que necesita es calmarse. Tiene un trabajo estresante, pero si sigue así no va a durar. Se va a morir. Y mire, desde entonces…─suelta el volante para hacer con las manos un gesto tranquilizador─  pura calma, nada de enojos. ¿Para qué?, ¿qué gana uno? Si me va bien, me va bien. Si me va mal, pues ya qué. De nada le sirve a uno estresarse.

─Hasta sale peor─ apunto yo.

─Exacto, exacto, salen hasta más broncas. Lo mejor es calmarse. Quién sabe qué broncas traerá esa señora, pero con ese genio le aseguro que no las va a arreglar. Ahí mentándole la madre a la compañera Carmen y la compañera le aseguro que ni la oyó.

─No, no la oyó. Ya se había arrancado.

─Se tardó. El estrés no lo deja ni insultar a uno a tiempo. Jajajaja. Qué cosas.

Suelto una carcajada.

─¿Ha probado las quesadillas de ahí?─pregunta, y señala el jardín junto al templo de Santo Domingo. Cuando me ve negar con la cabeza por el retrovisor, añade: ─Están buenísimas. Se pone una señora con una lona blanca. Uh, no sabe qué cosa más rica. Es pura quesadilla, con grasa o sin grasa… se lo digo por si a usted que está flaquita le gusta cuidarse. No sé, ¿verdad? Las de pollo… uh, no, buenísimas. Se las recomiendo. Se pone en las mañanas.

Hemos dejado atrás Juárez, avanzamos por mi calle.

─Ah, qué bueno que me dice. A lo mejor mañana me doy una vuelta.

─No, mañana no, mañana nada abre, ¿qué no ve que es primero?

He vuelto a quedar descubierta como una nocelebradora del año nuevo.

─Tiene razón, otro día será. Por aquí está bien, señor. ¿Cuánto le debo?

─Otro día, otro día. Treinta, si me hace favor.

Hurgo en mi bolsa y pago. Con enormes dificultades logró tomar la bolsa de las hamburguesas y los refrescos.

─Hasta luego, feliz año.

─¡Feliz año!─exclamo. Bajo del taxi.

Zapatos, zapatos, zapatos…

20 Jul

1.

Flexi, negros, plataforma. Pero no una plataforma muy alta ni seductora, una de zapato de abuelita con nietos aún pequeños. Siete centímetros de altura. Suela cómoda. Ultra cómoda. Mocasines. La clase de zapatos que usaría Amy Farrah Fowler. A los 16 años eran mi calzado favorito.

¿He dicho ya que eran cómodos? Tenían una pequeña almohadita de plástico en el talón. Jamás me causaron dolor, ni siquiera cansancio. Los quise tanto que tenía réplicas. Unos café y otros azul marino; los últimos incluso los usé el primer año de la universidad. Pero, sin lugar a dudas, los negros eran mis favoritos.

Qué elegante me sentía yo con mis zapatos negros cuando salía los viernes con mis amigas. Imagínense qué penoso. Los mocasines flexi eran sólo un elemento más de la incómoda forma de vestir que tenía en la adolescencia. Además de tan horrorosos zapatos (pero cómodos, insuperablemente cómodos), vestía pantalones con cortes pasados de moda, blusas demasiado formales y collares gigantescos que robaba a mi madre. Pese a que muchos veces se burlaron de mí, yo me sentía infinitamente superior en mis mocasines. Y de hecho literalmente lo era…con mis siete centímetros extra, mis amigas que, aunque a la moda, siempre calzaban de piso, quedaban por debajo de mí. Ah, qué glamorosamente alta me sentía y, sobre todo, qué orgullosa de oír los murmullos de admiración por llevar “tacones” y no cansarme. ¡Ingenuos! No tenían idea de la comodidad. Qué tan cómodos/feos serían mis flexi que la madre de una amiga me preguntó dónde los había comprado.

No recuerdo haber tenido otros zapatos aparte, más que mis negros de colegiala y los tenis para los días de pants en la prepa. No sé siquiera qué era lo que estaba de moda entonces. Recuerdo que a todo el mundo le gustaban los tenis. Yo tenía unos converse pero jamás los usaba porque me salían ampollas.

Pero todo llega a su fin. El último año de la prepa se fueron a pique. Ya no importaba con cuánto empeño los boleara, no lucían brillantes y rápidamente se ensuciaban. Mi madre comenzó a prohibirme que los usara. Un zapatero sugirió pintarlos de café y el resultado fue desastroso. Pero seguían siendo tan cómodos. Me rehusé a tirarlos. Cuando legó el momento de irme a la universidad, decidí llevarlos conmigo en calidad de “zapatos de andar por casa” y aún así me acompañan. De mi cama al baño y mientras desayuno y a veces mientras ceno. Insuperablemente cómoda y glamorosamente alta. Flexi.

2.

Los compré por berrinche. Yo iba por unos cafés. Era la moda. Pero llegué a la tienda y no había de mi número. Dijeron que podían traérmelos la otra semana pero no quise saber nada de eso. Yo no podía esperar. Llevaba meses ahorrando para unos zapatos (era la primera compra que hacía con dinero propio) y no me iba a ir del centro comercial sin unos. Había unos negros de mi talla pero tenían la suela algo despegada. Lo confesaré, estuve a punto de llevármelos así. Luego me mostraron unos color beige. Parecían una elección improbable, con ese tono tan diferente de los de moda, pero al final salí de la tienda con ellos con andares triunfantes, como si los llevara ya puestos.

Color beige, tacón (este sí era uno de verdad), ocho centímetros, agujetas. Muy pequeñitos. Mis pies lucían diminutos en ellos. Creo que era parte del encanto. Son los únicos zapatos que han recibido elogios de hombres. En plural. Compañeros, profesores, novios de amigas, pretendientes y pretendidos. Ah, ¡y las mujeres! Tantos y tantos cumplidos. De desconocidas, incluso. Mujeres que se detuvieron en la calle para asegurar que mis zapatos eran preciosos y otras que prefirieron elogiar la forma en que los lucía.

Con cuánto orgullo los usaba. Nunca vi a nadie con unos del mismo color. Los del mismo modelo en café se me figuraban corrientes, vulgares. Yo era la bellísima poseedora del par de zapatos más precioso del mundo. Los usaba con pantalones, con faldas y medias y con vestidos. Nunca me hicieron ver mal.

Eran cómodos. No como los flexi, sino con la justa dosis de incomodidad que te obliga a erguirte al caminar. Hasta me sentaba diferente; al cruzar las piernas levantaba siempre la punta del pie. Si con zapatos de tacón las nenas se ven mejor, con los míos yo lucía irresistible.

Rompí corazones (o puede que no) pero no mis zapatos, aunque cerca estuve. Después de tres años conmigo, el tacón del zapato izquierdo comenzó a torcerse. La desviación hacía mi andar menos seductor. Llegaba su fin.

Aún los conservo y me los pruebo en casa cuando estoy ociosa para ver si acaso se han compuesto. En su honor diré que aunque enchuecados, aún no lucen ni corrientes ni vulgares.

3.

Una cosa es comprar por un berrinche personal, pero otra es hacerlo con la finalidad única de impresionar a alguien. Si es malo vestirse para gustarle a un enamorado, peor aún es hacerlo motivada por la intención de robarle foco a una amiga. Con la firme idea de ser la más guapa en al fiesta de mi mejor enemiga, me dirigí a la zapatería y compré los zapatos de tacón del color más favorecedor que encontré. A juego, compré también aretes, collar y pulsera. Estrené ropa y me planché el pelo.

Fui un éxito. Cierto que los zapatos de mi mejor enemiga eran más bonitos, pero como no estaba acostumbrada a usar tacones, caminaba con torpeza y no duró con ellos más de media hora. Tanto le cansó el tiempo que los usó que ni con sus zapatos de piso bailó el resto de la noche. En cambio, yo… toda la noche en la pista de baile, canción tras canción. Y no era sólo la destreza con la que me movía, mientras mi amiga bebía cerveza frotándose los pies, me veía guapísima con mis aretes verdes, mi collar verde, mis zapatos verdes. Perfecta.

Pero como quien hace un pacto con el diablo por unos momentos de pecaminoso placer, pronto el diablo vino a cobrarme caro. Nada más abandonar el salón de fiestas, comencé a caminar temblorosa apoyada del brazo de mi acompañante pero se lo achaqué al cansancio. Al día siguiente no soportaba las piernas y el dolor me duró varios días.

Ahí no acabó la cosa. Otro día decidí llevarlos a clase. Nada más llegar a la universidad, el dolor ya era insoportable. Tenía ampollas en cada pie. Me moví ese día midiendo cada paso, sentada sin apoyar los pies en el suelo. Creo que ni acepté la invitación de ir a la cafetería por un refresco. Dudo que haya ido al baño. Al término del día, emprendí un penoso andar hacia casa con las rodillas dobladas y los brazos separados del cuerpo para poder equilibrarme.

Cinco cuadras antes de llegar a casa, del Oxxo de Tecnológico, salió uno de esos otros mejores enemigos que al parecer entonces tanto abundaban en mi vida. Ante su sola visión, no me quedó otro remedio que enderazarme y caminar estirando las piernas. Para colmo de males, el mejor enemigo tenía la misma ruta que yo y así debí caminar en un auténtico martirio por lo que me parecieron cien cuadras. Mientras seguía la plática de mi mejor enemigo, intentaba con todas mis fuerzas parecer tan segura y confiada como aquel día de la fiesta, pero estoy segura que me veía patética con mis zapatos verdes. Realmente ni siquiera eran bonitos, sino más bien vulgares. Esa imitación de charol delataba que los había comprado en oferta. Y ese color.. tan llamativo. Decir que parecían zapatos de piruja sería decir mucho, el tacón no era tan alto para serlo. Seguramente parecía una niña jugando a mujer fatal.

Ya una cuadra antes de casa, el mejor enemigo anunció que seguiría de frente, no hacia la izquierda como yo. Jamás nada pronunciado por él me causó tanta alegría como eso. Me despedí de él con rápidez y aguardé a verlo alejarse recargada contra la pared fingiendo que revisaba el celular. Luego de un rato, intenté avanzar pero el dolor era muy agudo. Los zapatos ya estaban manchados de sangre, las ampollas se habían reventado. Hice el resto del camino descalza.

Al día siguiente los tiré a la basura, furiosa. Ojalá hubiera sido tan determinada a la hora de deshacerme de malas amistades.

4.

Hay zapatos que te hacen sangrar, pero a veces es una la que amuela su calzado. En los últimos dos años me he vuelto en una destructora profesional de zapatos. Aunque quizá no tan profesional, porque realmente no sé cómo lo hago. Digamos simplemente que es un poder que no puedo controlar. Una maldición. De 2014 a la fecha he dejado completamente inservibles cuatro pares de zapatos. Y cuando digo inservibles, quiero decir que en el caso del segundo, un día me descubrí sintiendo la alfombra del piso a través de los múltiples agujeros de la suela.

En honor a la verdad, hay que decir que estos dos años me hice pasar por fotoperiodista. Supongo que la realización de todas las innumerables posturas que adoptan los fotógrafos para sacar las imágenes fue en parte lo que provocó la rápida destrucción de mis zapatos. Al exponer mi caso a amigos y familiares, todos aseguran que probablemente se deba a que camino mucho todos los días, pero yo me inclino más a lo de las posturas fotográficas.

Hay en concreto una que me parece que pudo haber causado la mayor parte del daño. Yo la denomino “el fotógrafo discreto pero necio”. Como su nombre lo indica, esta postura suele emplearse cuando ya te dijeron que no puedes estar en un lugar porque a) no dejas ver b) tapas a las cámaras o c) te dicen que no hay espacio. El fotógrafo no puede aceptar un no por respuesta (es necio) y resuelve la situación asegurando que “no hay bronca, no te voy a estorbar” (discreto). La postura consiste en sentarse de cuclillas (generalmente por un tiempo prolongado) a los pies de otros fotógrafos o de la fila de invitados. Otras variantes de esta postura obligan al fotógrafo a moverse de un lado al otro del escenario sin dejar de estar en cuclillas. Todo un ejercicio para valientes. El doblez que esta postura provoca en el zapato me parece que es la causante de que cuatro pares se hayan agrietado por completo de la suela.

No veo, sin embargo, que mis compañeros lleven los zapatos rotos. Lo he revisado. En los eventos, al ver que otro fotógrafo adopta la postura antes mencionada, me empeño en mirar las suelas de sus zapatos para revisar si tienen grietas a consecuencia de doblarlas. Pero no, nada. ¿Será que yo los compro muy chafas?, ¿acaso camino de alguna manera anormal?… Me pregunto también, ¿a los demás también se los rompen pero tienen más dinero que yo para reemplazarlos antes de causar vergüenzas? Jamás me animé a preguntarlo.

Hoy escribo estas líneas en honor a mis pares de zapatos destruidos. Conservarlos parece absurdo y regalárselos a alguien representaría un insulto para cualquiera. Ni siquiera tienen potencial para convertirse en zapatos de andar por casa… demasiado complicado amarrarse las agujetas de las botas para ir al baño. Y tirarlos… supongo que es lo más sensato pero considero que merecen un destino diferente al de los traicioneros zapatos verdes. Quiero decir, dieron su vida por mí, ¿no debería acaso crear un monumento en su honor? No fueron los más lindos, ni los más cómodos, pero sí los que más arriesgaron por mí.

En paz descansen: botines cafés de agujetas gruesas, botas cafés con forro, botines café de agujeta delgada y botines negros con costuras grises. Serán siempre recordados.